¿Perfecto? No, gracias

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Hace un momento (en el momento de escribir este artículo), he tenido una conversación con un compañero, a mi me ha servido… infinito.

 

Por eso, quiero contaros qué ha pasado.

 

Todo comenzó con un feedback de mi parte hacia él, por un ejercicio que hicimos en una formación que estamos haciendo juntos.

A ese feedback, él me contestó con el suyo y, en ese momento, mientras lo escuchaba, empecé a sentir cómo mi cuerpo se ponía tenso, luego se destensaba, comencé a sentir presión en la cabeza, y mis lágrimas comenzaron a salir…

 

En ese audio, él empezó sólo a comentar el ejercicio, pero luego fue más allá, y empezó a darme feedback de cómo él (que no me conocía personalmente) me veía.

 

Entonces empezó por la parte buena, que si me veía mucho potencial, que le daba la sensación de que era muy líder, que sentía que pronto, si no lo tenía ya, iba a tener mucho éxito con mi trabajo.

Luego empezó la mejor parte.

Y comenzó a decirme que sentía que yo estudiaba mucho mis poses, mi forma de estar, que jugaba mucho con mi físico y que, además, le daba la sensación de que, para mí, todo tiene que ser milimétricamente medido y, “pluscuamperfecto”, fue su palabra literal.

 

Siguió con un:

Me llega humildad por todas partes de ti, pero a la hora de transmitir, de contar historias, de hablarle “a la pantalla”, parece como si la intentases ocultar, como si no quisieras mostrar tu verdadero yo.

Creo que te vendría bien mostrar toda esa otra parte de ti.

 

En definitiva, que sentía que yo tenía una necesidad de perfección y que eso, probablemente, me estaba limitando y que me vendría bien quitármelo de encima porque, seguramente, una vez que lo haga, iba a comenzar a disfrutar de verdad de todo lo que soy y de lo que hago.

Toda esta conversación me dejó muy pensativa y emocionada a la vez, y me hizo indagar ahí dentro de mí para llegar al fondo de la cuestión, de donde me venía a mi toda esa necesidad de perfección, y creo que llegué.

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Porque entonces empecé a acordarme de que, desde muy niña, siempre he sentido que tenía que demostrar al mundo cuanto valía, que tenía que demostrar que yo era válida, merecedora, buena y que, era obvio, ya después de haberme trabajado tanto personalmente, se que todo eso lo hacía por el miedo a que no me quisieran.

Por eso, también, cuando era pequeña, siempre intentaba pasar desapercibida sin que se notase mucho mi presencia para “no molestar” y así, poder “estar”.

Sepan ustedes que, aunque yo ya había trabajado, y sigo trabajando, toda esa parte del merecimiento y de la ayuda (de otra forma no habría podido dedicarme a lo que me dedico), no fue hasta ese momento en que mi querido compañero me hizo este maravilloso regalo, cuando empecé a darme cuenta de ese “pequeño detalle” del perfeccionismo.

Y no sólo de “mi perfeccionismo”, sino de cómo estaba trasladándoselo a mi hija de forma inconsciente.

Acto seguido a este trabajo que hice conmigo misma, tuve una charla con mi hija, en la que la liberé de toda esta carga, que no era más que mía y que, sin darme cuenta, estaba poniéndola también en sus espaldas.

Y es a través de este humilde artículo, que os animo a que vosotros, vosotras que me leéis, miréis también ahí en vuestra mochila, y os deis cuenta de que pueda estar pesando más de lo que debe y no os este permitiendo volar y brillar como os merecéis.

Y, así cómo yo lo hice, os preguntéis si estáis soltando esa carga en alguien más, para que podáis, igualmente, liberadla de ella y también pueda volar.

Deseo que os haya gustado este imperfecto artículo y que, sobre todo, os sirva.

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